Reflexiones


Por qué he desistido de servir a los pobres?

Los que me conocen bien pueden encontrar el título más que raro, por decir lo menos. Estar con los pobres es parte de mi historia.

Mi abuelo y mi abuela fueron fundadores del Ejército de Salvación aquí en Brasil y su ministerio es una referencia central para mi familia. Su vida estuvo dedicada a los "sin techo", a las prostitutas, y de manera especial, a los huérfanos, a los heridos y a los renegados. Mi gran pasión como joven fue la idea de luchar contra la pobreza, el hambre y la injusticia durante la dictadura militar.

Desde que me casé, hace 25 años, mi familia ha servido a estudiantes pobres entre poblaciones necesitadas, mendigos, personas sin dinero, desempleados y otros en una variedad de barrios centrales y periféricos. He ayudado a generar ingresos, facilitado la organización de familias, hice puentes entre ricos y pobres, les di alimento y la oportunidad de desarrollar profesiones, de encontrar una vocación y transformar su futuro. "Empoderar" a las personas alguna vez fue un punto clave en mi práctica de no crear dependencia. Después de todo esto, o incluso a causa de esto, hoy me siento llamado a la pregunta de mi vida: ¿Tiene sentido esto?

A lo largo de mi vida siempre me he preguntado si lo que estoy haciendo tiene sentido, si mi corazón está en consonancia con la voluntad de Dios o si yo podría estar “perdiendo la dirección". Con disciplina, sigo la regla de los tres "por qué". En esta regla se pregunta a cada respuesta que se recibe con el tipo de pregunta que sólo los niños saben hacer. Esto me ayuda a genera un vector de transformación permanente de autocrítica y de ajustes personales. Así, en cada paso, en cada cosa que hago, me pregunto: ¿por qué? Sea cual sea la respuesta, vuelvo a preguntar sobre la respuesta: ¿por qué? Recién cuando puedo superar el tercer "por qué" siento que estoy en el camino correcto, y luego sigo adelante.

Durante algún tiempo he estado reflexionando sobre la vida de Jesús, en el principio de la "kenosis" (vaciamiento), basado en el texto de Filipenses 2:1-11. He venido pensando en la encarnación de Jesús en la realidad y en los numerosos contactos y conversaciones que tuvo con los miserables y con los leprosos; con la gente rica, como los publicanos, los jefes de la sinagoga y los príncipes de su pueblo, y con las familias de clase media, con los propietarios y con los funcionarios públicos y los mendigos. He reflexionado sobre lo que él vio y cómo actuó. Todo esto comenzó a crecer en mí y me hizo reflexionar sobre el texto en Mateo 5:3, en el que Jesús le dice a los pobres que marchen con sus vidas y se regocijen por ser pobres, porque tienen la posibilidad de tener sus vidas impulsadas y controladas por Dios, y de descubrir su buena y perfecta voluntad.

Poco a poco, durante estos últimos años, también he observado cómo a menudo amigos muy sinceros van y vienen, se entusiasman con el servicio; pero pronto continúan ocupados con sus asuntos y preocupaciones. Otros le pagan a alguien más para cumplir con el servicio de Dios durante un cierto período de tiempo, movidos por una sinceridad real, aunque a distancia y sin la participación personal. Desde otra perspectiva, he observado cómo la pobreza tiene mucho poder sobre las vidas de aquellos que son pobres, y cuánto ella revela su deseo insatisfecho de poseer y consumir, y cómo estos son seducidos por las mismas cosas que seducen y destruyen a los ricos: el mismo individualismo, el mismo egoísmo, la misma tendencia a buscar la seguridad en poseer cosas... y la total adherencia a un estilo de vida y una manera de pensar que les aprisiona en el mito de las necesidades modernas y los esclaviza al mito del desarrollo.

Casi sin excepción, ricos, pobres, y gente de clase media comparten la misma convicción: lo que necesitamos es algo que el mercado, el dinero, el gobierno o alguna otra agencia puede ofrecernos. Se cree que seremos felices con la propiedad, con el estómago lleno (algunos con el pan, con croissants) y con un flujo constante del dinero que puede hacerlo todo y resolverlo todo. Entre ellos, hay algunas personas bien intencionadas que extienden sus manos para "incluir" a otros en el estilo de vida o en la plataforma que lograron. Esta mano extendida de arriba es lo que hemos venido a llamar de servicio.

A través de los años he descubierto que el acto de servir a los pobres, que fluye del compromiso de "liberarlos", está lleno de un sentido de superioridad, el tipo de superioridad que se traduce en dar a otros lo que tengo, enseñándoles a hacer lo que hago, suponiendo que lo que tengo o no, es lo que él / ella debe tener o no, una traducción sutil de la arrogancia de las políticas así llamadas de "inclusión", que siempre tratan de poner al otro dentro del cuadro de mi propio estilo de vida.

Todo esto me ha llevado a dejar de servir a los pobres, aunque no estoy tomando partido con los que, desde la altura de su riqueza, comodidad y bienestar van a decir: "¿Ves?, ¡Claudio finalmente ha visto la luz!". Yo Lamento informar a estas personas que de ninguna manera creo en su estilo de vida, completamente separado del contacto con los pobres, los enfermos, los hambrientos, los desnudos, el feo, el que huele mal y el "bárbaro". Tampoco estoy del lado de quienes pagan sus impuestos o contribuciones a la caridad como una forma de cumplir su función. Cuando digo que estoy renunciando a servir a los pobres, no es de esto de lo que estoy hablando. A estos les digo que voy a seguir en la retransmisión del mensaje de Jesús quien enfrenta su estilo de vida ciego, insensible y arrogante con un mensaje que define su "seguridad" sencillamente como locura.

Desde 1993, cuando fui a las calles con un montón de niños con el fin de servir a las personas sin hogar, yo había desarrollado una disciplina espiritual. Cada vez que salíamos en las noches frías de mi ciudad les decía a los niños que nunca me sentía bien al servir pan a un mendigo, o hacerle una cama, o darle una ropa para cubrir su desnudez. Servir la comida o dar la ropa a Jesús mismo era mi motivación. Nuestro lema fue: «encontrar a Jesús en los más pobres de los pobres". Eso sí me entusiasmaba y a los niños también. Y descubríamos que cada vez que salíamos, en cada uno de estos encuentros con un Jesús camuflado, los así llamados "miserables" se transformaban en nuestros maestros, en denunciantes de nuestra miseria personal, en agentes de presentación de nuestros mecanismos de manipulación; y de repente nos veíamos reflejados en ellos, utilizando las mismas excusas y mentiras para conseguir lo que queríamos, sólo que con más éxito. Descubrimos que nosotros éramos ellos.

Aquellos de nosotros que hemos experimentado este punto de vista espiritual hemos sido puestos en libertad. Hemos crecido y hemos cambiado. Frente a Jesús, y enseñados por él a través del contacto con su pobreza y su miseria, muchos de nosotros descubrimos lo que significa una buena noticia. En aquellos días, muchos de nosotros fuimos transformados por el toque de Jesús y por la buena noticia de que él nos había transmitido a medida que nos íbamos descubriendo a nosotros mismos como pobres. Sin embargo, la mística no siempre se ha mantenido como una llama ardiente. Volví muchas veces para servir a los pobres, dejarme asumir por la posibilidad de convertirme en un ayudante y muchas veces se me olvidó mi propia miseria.

Como ya he dicho, el verdadero camino no es mantenerse alejado de los pobres y juzgar sus actitudes desde la superioridad de mi cómoda posición social superior. Del mismo modo, ayudar a los pobres elevando su conciencia sobre su situación y "como" ellos deberían escapar de ella, revela solamente una sumisión incondicional a un mito, otro entre los muchos de los nacidos de la política de desarrollo de los últimos 60 años. Mi alternativa a este tipo de servicio es, por el contrario, la tentativa de seguir en una nueva relación descubierta por el encuentro, el reconocimiento y la identificación.

He renunciado a ayudar a los pobres, he dejado de servir, porque he experimentado una dura verdad: Jesús no tiene una buena noticia para los que sirven a los pobres. Jesús tiene una buena noticia sólo para los pobres. Él no tiene nada que decir a los que compiten con él por el puesto de Salvador, de Mesías. El Mensaje de Jesús es para aquellos que están dispuestos y capaces de reconocerse a sí mismos como pobres, desnudos, heridos, cansados, agobiados, necesitados y sin esperanza. Para el resto de nosotros, él tiene poco o nada que ofrecer.

La única manera de permanecer con los pobres es descubrir que somos nosotros mismos los miserables, es reconocernos a nosotros mismos como miserables. Cuando reconocemos nuestra propia miseria en ellos, cuando nos damos cuenta de nuestra pobreza y nuestra propia desesperación y necesidad de ser salvos, de ser restaurados, entonces, estamos listos para recibir algo de Jesús. Dios no se manifiesta en nuestra capacidad para curar, sino en nuestra necesidad de ser curados. Descubrir esta debilidad de nuestra vida nos deja en una posición de no tener nada que ofrecer, servir, donar; pero pone de manifiesto la necesidad de ser amados, sanados y restaurados.

Así pues, el poder dentro de nosotros no es el poder de nuestras capacidades y riquezas, sino el poder que está presente en nuestra miseria personal, tan bien ocultada y disfrazada en nuestras posesiones y en la estabilidad. Como dice Jean Vanier: "Estamos llamados a descubrir que Dios puede traer la paz, la compasión y el amor a través de nuestras heridas". Ahora las palabras de Isaías sobre el Mesías tienen sentido para mí: "Por sus heridas fuimos nosotros curados". Ahora empiezo a entender el ejemplo de Jesús, vaciado de sí mismo hasta el punto de convertirse en uno de nosotros, de morir con nosotros y así abrir la puerta de resurrección para nosotros. El bálsamo que Jesús utilizó y utiliza para curarnos no reside en su acceso a la energía universal, sino en su identificación con nosotros en la cruz. En la apertura de sí mismo al herirse, al vivir nuestra vida, al morir nuestra muerte.

Estoy renunciando a servir a los pobres. Vuelvo a la disciplina de encontrarme con los pobres y a la búsqueda de identificarme yo en ellos. Estoy descubriendo la miseria que se esconde en nuestro muy bien estructurado estilo de vida de falsa seguridad. Y de esta forma estoy llegando a una más profunda comprensión de este Jesús que habla con los leprosos y con los empresarios ricos, a los recaudadores de impuestos en sus oficinas y con los enfermos y miserables en su aflicción.

Me reencuentro con mi pobreza tratando de encontrarme a mí mismo en cada situación de

miseria y para obtener contacto con mi dolor interno. A partir de ahí, puedo orar por la cura, la libertad, la comunidad y el amor. Desde allí puedo pedir misericordia y la restauración. El que sirve a partir de la sensación de tener algo que ofrecer, sirve desde arriba. Jesús nos llama a encarnarnos y vernos a nosotros mismos en el otro, a ser sumisos a él como impotentes que dependen de él. A renunciar a la confianza en nuestra propia capacidad para responder y encontrar nuestras heridas y nuestro dolor, así podremos llegar a estar enteros nuevamente. Para descubrir el poder en "el cada vez menos" y no en "el cada vez más". Así pues, he renunciado a servir a los pobres. He redescubierto mi pobreza. Junto con mis hermanos y hermanas en la misma esclavitud en todo el mundo, sin reservas, me uno a otro para gritar: "¡Hijo de David, ten misericordia de mí!".

Claudio Oliver

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